miércoles, 13 de febrero de 2013

¿HAY BROTES VERDES, CONDICIONES PARA CRECER O CUALQUIER COSA PARECIDA?

Últimamente el optimismo nos rodea. Parece una película del oeste cuando el ejército rodeaba a los indios para derrotarles. Todo el mundo se empeña en decirnos que vamos a mejorar. Es evidente que vamos a mejorar, si no fuera así mejor nos vamos, pero otra cosa distinta es que las cosas estén mejorando.

El optimismo desbordante se fundamenta, principalmente, en dos motivos: la mejora del saldo exterior español y el descenso de los costes laborales unitarios. Veamos qué está pasando.

En primer lugar el sector exterior. El optimismo aparece como consecuencia de un hecho inédito en la economía española desde la introducción del euro: hemos tenido superávit exterior. Y no pequeño, de cerca del 1% del PIB. Es una gran noticia que debería alegrarnos a todos, pero hay que matizarla convenientemente para no llevarnos a engaño. Han crecido las exportaciones, es verdad, de forma moderada por dos causas fundamentales: la devaluación interna que nos han obligado a hacer, pero también la debilidad de la demanda externa causada por el austericidio que se ha impuesto.

La devaluación interna ha empezado a dar sus frutos, con la caída de los precios relativos de los productos españoles que nos permite vender al exterior nuestros bienes. Es una cosa que había que hacer, y que debería ser el apoyo de nuestro crecimiento futuro. No creo que lleguemos a la exageración de Morgan Stanley (“España puede terminar siendo Alemania y Alemania España”), pero si deberíamos ponernos manos a la obra para que eso no sea flor de un día. Tendríamos que empezar a cambiar nuestra estructura productiva para garantizar empresas más competitivas en el mercado exterior y formar a los trabajadores para poder mantener esas relaciones. Y debemos recordar que nuestro principal hándicap se encuentra en nuestro nivel de idiomas extranjeros. Podríamos haber ido más rápido con la devaluación fiscal que algunos hemos propuesto, y seguro que habríamos llegado más lejos.

Pero, fundamentalmente, el gran avance se ha producido porque han disminuido mucho las importaciones. Y éstas dependen de nuestro nivel de renta. Con la caída que hemos sufrido como consecuencia de la política practicada, es lógico que no compremos productos del exterior, entre otras cosas porque no tenemos renta para ello. El problema es qué pasará cuando crezca nuestra renta otra vez. Probablemente volveremos a comprar productos importados y, obviamente, nuestro saldo exterior empeorará. Es sólo una previsión pesimista.

La otra mejora que hemos tenido ha sido la disminución de los Costes Laborales Unitarios (CLU). La mejora se ha basado en dos factores: la moderación de los salarios, operada por la situación y la reforma laboral, y el incremento del desempleo, también por las medidas que son posibles aplicar. Ambas noticias no son positivas, porque tampoco auguran un futuro prometedor. Cuando mejora la situación probablemente tendremos colectivos de trabajadores que empezarán a recuperar niveles previos de salarios y empleo, sin que ello implique una mejora de la productividad y, en consecuencia, una mejora sostenible de nuestra competitividad exterior.

Y luego hay alguna noticia que no es mediática pero que si es de reseñar: la estabilización de los mercados financieros. No lo digo por el mercado de deuda, que continúa con síntomas preocupantes con las primas de riesgo a la espera de lo que haga (o prometa el BCE), sino por la gran inyección de fondos que hemos hecho todos los españoles con la reestructuración del sistema bancario, que ha provocado que los bancos empiecen a pensar en otra cosa distinta de la estabilización, es decir, en el negocio bancario propiamente dicho. Es un proceso lento, probablemente tarde dos años en normalizarse del todo, pero parece que puede ser una noticia positiva.

Por lo demás, no encuentro ningún motivo de esperanza en los datos que hemos conocido hasta el momento, y las previsiones tampoco parecen ser muy alentadoras. En fin, que habrá que esperar a ver la evolución económica a medio plazo.



@juanignaciodeju

martes, 5 de febrero de 2013

CORRUPCIÓN, POLÍTICA Y ECONOMIA

Hemos llegado al punto en que la sociedad empieza a estar cansada de soportar sobre sus hombros todo el peso de los ajustes sin recibir nada a cambio. La sociedad ha alcanzado el punto de inflexión de su aguante y empieza a cambiar su percepción de la clase política de forma que se puede estar fraguando un cambio, lo cual puede ser muy positivo para aquello que nos preocupa que es la crisis económica.

Vayamos por partes. El nivel de corrupción de la clase política, con independencia de las siglas concretas, es de tal magnitud que empieza a ser necesaria una regeneración de la sociedad en su conjunto. Independientemente de los nombres (no acusaré a nadie no vayan a querellarse contra mi) se ha instalado en la sociedad un sentimiento de cansancio que posibilita ese cambio. Porque hemos pasado de tener una clase política vocacional, que debía dedicarse a su profesión para poder vivir, a unos dirigentes que se embarcan en la política para poder vivir. No puede ser que nos representen personas que se han dedicado toda su vida a la política sin haber conocido otra forma de ganarse la vida. Gente que se afilia a los partidos políticos desde antes de poder votar para hacerse una carrera en la estructura de la organización. Que busca únicamente ser complacientes con los dirigentes para acceder a las posiciones importantes que les permitan hacerse un nombre y, de esa forma, medrar en su profesión. Y una vez alcanzado lo máximo posible según el principio de Peter, dedicarse a explotar sus conocimientos adquiridos de forma que puedan vivir holgadamente el resto de sus vidas.

Cuando uno tiene ya cierta edad echa de menos a aquellos políticos que pactaron la transición y las leyes fundamentales de nuestro ordenamiento jurídico actual cobrando sueldos normales y, evidentemente, saliendo de la política con un nivel de patrimonio normal, en la mayoría de los casos. No como ahora, que quien más quien menos de nuestros dirigentes abandona la política con patrimonios elevados, no siempre de origen corrupto. Y uno se cansa de ver como mentes normales con un nivel de inteligencia normal abandona sus puestos de representación y pasa a ser consejero de no sé cuántas empresas que actúan como lobbies de los gobiernos de turno. Ejemplos no faltan, y no los nombraré aquí para evitarme problemas judiciales, y resultan, en algunos casos, patéticos.

Lejos queda el concepto de que la política tendría que atraer a los más preparados para la gestión, profesionales que tengan una probada experiencia que aporte esos conocimientos para el bien común. Porque de los últimos ministros de economía que hemos conocido, ¿cuántos de ellos se habían dedicado antes a la enseñanza, por poner un ejemplo?

Ese sistema ha generado una endogamia preocupante en la profesión política. A las universidades se les acusa de ser endogámicas en la elección de sus profesores, y no les falta razón, pero en la política eso ha llegado a tal nivel de perfección que empieza a ser preocupante. Es tan perfecto el sistema que a nadie le preocupa que nuestro presidente lleve prácticamente toda su vida laboral dedicada a la política en los distintos niveles. O que otra miembro muy destacada de ese partido en Madrid haya ocupado todos los puestos posibles en la estructura política del estado, desde humilde concejal hasta presidenta del Senado y de una comunidad autónoma. O que el jefe de la oposición lleve en la política profesional más de 30 años. ¿Esto es un problema? En principio no debería, pero proporciona unos conocimientos sesgados de la realidad que les incapacita para el conocimiento de la sociedad. Digamos que en vez de transformar el Estado para mejorar la vida de sus ciudadanos, el Estado les transforma a ellos y les convierte en personajes de novela alejados de la realidad. Es por ello que necesitamos cambiar nuestra clase política en todos los niveles, racionalizando su funcionamiento y estructura. Es el reclamo de los ciudadanos: gente nueva con nuevas ideas y mecanismos de funcionamiento modernos y mejorados.

Es hora también de cambiar las estructuras de la sociedad, de afrontar de una vez los cambios que deben realizarse, desde mi punto de vista, para que lo que nazca sea más sano. Y para ello, deberemos empezar por concienciarnos todos que la sociedad la formamos juntos y que si va bien a la sociedad nos irá bien a todos, mientras que lo contrario no se cumple necesariamente: que nos vaya bien a todos no implica que le vaya bien a la sociedad. Que tenemos que volver a los viejos postulados de la solidaridad y el compromiso común, abandonando el individualismo que nos invade desde el mes de noviembre de 1989. Y esa solidaridad mejorará la sociedad y mejorará la economía. Si todos remamos en la misma dirección, nos irá mejor a todos. Pero plantear esto con nuestro actual nivel de clase política provoca, lógicamente, rechazo inmediato.

Tendremos que recuperar un concepto en desuso actual: la empatía. Si todos fuésemos empáticos, mejor nos iría a todos. Y, evidentemente, desaparecería la corrupción (basada en el enriquecimiento individual por encima de todo), el despilfarro (porque consideraríamos el dinero como nuestro) y el fraude fiscal (porque tomaríamos eso como una traición). Sin embargo, todos preferimos cerrar los ojos y, si es posible, pedir factura sin IVA (Yo también). Ese es un cambio fundamental en la sociedad que debemos empezar a operar para que la siguiente generación pueda sucedernos con la garantía de mejora que necesitamos. La actual ya la doy por perdida.

Y ese cambio empieza por la educación, pilar fundamental de la sociedad. En vez de preocuparnos por el rendimiento individual, deberíamos fijar nuestro objetivo en el rendimiento colectivo. Ensalzamos a Messi o a Ronaldo, pero nos olvidamos que el éxito, en el futbol como en la vida, es siempre colectivo. Y que cuando un equipo se preocupa del éxito individual de cualquiera de sus miembros, normalmente fracasa en su conjunto. Y esto es, obviamente, aplicable a las empresas y a la economía en su conjunto.

Entre los políticos y la sociedad en su conjunto, mi estado de perplejidad continúa creciendo. Sólo espero que mis hijos, junto con los de otros, puedan cambiar esta sociedad y mejorar la economía. De nuestra generación ya no espero nada.

@juanignaciodeju

martes, 22 de enero de 2013

¿ESTAMOS HACIENDO LAS COSAS BIEN?

La competitividad se ha convertido en el gran gurú del mundo globalizado. Todos los gobiernos, todas las políticas tienen como objetivo esa palabra que, aseguran, será el motor de la recuperación de las economías y la solución de nuestros problemas.

En el mundo actual es indiferente producir un bien en un país o en otro, dado que hemos abolido los aranceles y las trabas a los productos, de forma que no tenemos armas para la competencia. Por lo tanto, deberíamos producir sólo aquellos bienes donde tengamos una ventaja comparativa. Pero eso no es tan lineal y la teoría de la ventaja competitiva no se cumple en la vida real. Al final, todos los países tienden a producir de todo, bien por una cuestión estratégica o por un nacionalismo mal entendido, pero el hecho cierto es que no estamos aplicando los postulados de la teoría económica que afirman que cada país debería especializarse en la producción de aquellos bienes en los que existe una ventaja en la producción.

Por lo tanto, dado que no vamos a especializarnos en unos pocos bienes, ¿qué podemos hacer para competir con los salarios extraordinariamente bajos de los países como China o India?, ¿debemos considerar que nuestro futuro es tener unos sistemas sociales tan mínimos como el que menos para poder competir en el mundo globalizado y producir cosas?. Voy a dar algunas claves que me parecen importantes para evitarnos los disgustos que se producen en cada crisis.

Cuando contamos en clase algunas nociones del mercado de trabajo hablamos de ciertos conceptos que pasan desapercibidos para la mayoría de los opinadores y economistas que intentan explicarnos los problemas del mercado de trabajo. Uno de ellos es de los ‘salarios de eficiencia’, es decir, el nivel salarial que implica mayor implicación de los trabajadores en la producción y, en consecuencia, un nivel de productividad más elevado que en el resto de las empresas. Eso lo demostró Ford cuando dobló el salario de sus trabajadores y, desde ese momento, la productividad se disparó y, por ende, los beneficios de su empresa. Pues bien, en tiempos de crisis como la que estamos viviendo, al confundir competitividad con precios bajos, se ha abandonado ese concepto de forma que nadie se ocupa de él y las consecuencias pueden ser terribles.

Otro concepto que parece abandonarse en busca de esa competitividad es el ‘know how’, el conocimiento propio de las empresas que nadie está intentando conservar y que, en el supuesto de una recuperación de la actividad, la mayoría de las empresas tendrán problemas en adaptarse de nuevo y volveremos a perder esa ventaja que ahora, vía precios por los despidos, hemos conseguido. Y ese concepto va unido a otro que conocemos como el ‘salario de reserva’, es decir, aquel que los trabajadores deben tener para mantener un mínimo nivel de vida.

Además existen ciertos hechos en esta crisis que me hacen replantearme si estamos en el buen camino o nos estamos confundiendo en las medidas. Porque en el año 2007 la distribución de la renta en España era 50/50 entre renta empresarial / renta salarial y en la actualidad ese ratio es algo así como 55/45, es decir, se ha sesgado hacia la renta empresarial descompensando el reparto.

Tenemos también el hecho irrefutable que nuestra economía ajusta siempre por el lado de las cantidades y no de los precios. Por ejemplo, con un mercado inmobiliario colapsado y con una actividad paralizada, en vez de producirse rebajas en el precio y disminuciones de la oferta, se produce un stock de viviendas sin vender (hasta un millón de viviendas vacías); o un mercado laboral que en vez de producir un ajuste de salarios expulsa trabajadores y cierra empresas. Todo ello se debe a la falta de competencia en esos mercados, pero no son los únicos: electricidad, petróleo, distribución, etc, son mercados que deberíamos reformar con el objetivo de introducir mayor competencia y así mejorar la asignación de los recursos.

Todo ello parece indicarnos que no estamos obteniendo resultados razonables en la reforma de nuestra economía y que, después de un periodo de espejismo en la supuesto recuperación (cuando se produzca) nos conducirá al mismo punto anterior y, en consecuencia, a los mismos síntomas y errores que estamos cometiendo en la actualidad.

Lo primero que deberíamos estar haciendo es buscar una forma de competencia distinta de la actual, es decir, nunca tendremos costes laborales tan bajos como los países del sudeste asiático. En primer lugar porque las condiciones sociales nunca serán iguales (jornadas, seguridad social, pensiones, desempleo, salud laboral, etc), y los salarios, por consiguiente, menos aún. Por lo tanto, si no podemos competir con los costes laborales, debemos encontrar algo que nos permita hacerlo. Y ese algo es el valor añadido, que debe encontrarse en la I+D+i. Debemos hacer un esfuerzo extraordinario en la inversión en investigación que proporcione mayor valor añadido y, en consecuencia, mayor productividad. Y debemos mejorar esa productividad también en el marco de la educación y la formación. Trabajadores mejor formados permiten una adaptación más rápida y efectiva a las empresas y, en consecuencia, mejores productos y servicios. Y si invertimos en formación, mejoras rápidas en los nuevos procesos. Justo lo contrario que estamos haciendo en la actualidad.

En segundo lugar, debemos redefinir las relaciones laborales de nuestras empresas, de forma que se mantenga el know how, se alcancen salarios de eficiencia y se garantice el salario de reserva que permita la adaptación de las estructuras productivas sin desprenderse de lo único que las hace únicas: su fuerza laboral. Se han establecido distintos modelos para el mantenimiento del empleo en la economía, como es el caso del modelo alemán (basado en compartir el salario de eficiencia entre las empresas y el estado a través de los minijobs), o el modelo austriaco (eliminando trabas a la movilidad de los trabajadores con la creación de una especie de fondo de reserva que conjuga desempleo, indemnización y pensión). Son todos loables intentos de solucionar un problema que no garantizan la inmunidad a los problemas económicos generales. Creo que lo más razonable es provocar la flexibilidad salarial interna de las empresas de forma que el salario se componga de una parte fija que represente el salario de reserva y una parte variable que se vincule a la productividad de forma que la distribución de rentas se aproxime a la proporción 45/55 y se provoque que se alcancen los salarios de eficiencia en función de la evolución de la situación. Esto provocaría dos cosas importantes: en primer lugar, el ajuste se produciría automáticamente ante las crisis económicas y, en segundo lugar, se mantendrían los puestos de trabajo fundamentales en las empresas de forma que no se perdiera todo el conocimiento necesario para la producción.

Y, en tercer lugar, deberíamos estar buscando cómo maximizar los beneficios de aquellas actividades en las que somos especialmente competitivos. Es decir, si tenemos, por ejemplo, uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo (y también de los más baratos) deberíamos centrarnos en cómo poder explotarlo en beneficio de los propios ciudadanos. Si somos capaces de ‘vender’ nuestro sistema sanitario al resto de países europeos (por poner un ejemplo), con esos ingresos podríamos mantener el sistema, reducir el déficit y dedicar parte a la investigación. Y para ello, en vez de poner trabas a la intervención de los extranjeros, deberíamos centrarnos en que la Unión Europea establezca un fondo de compensación que posibilite la movilidad y compense los costes de un sistema. Es sólo un ejemplo, aunque podríamos hablar de otros sectores (agricultura, pesca, energías renovables, etc) en los que tendríamos que centrarnos. En definitiva, encontrar motores de nuestro crecimiento futuro que actúan como palancas.

Aunque las cifras del sector exterior hayan mejorado, ese espejismo no debe cegarnos y comprender que realmente no estamos cambiando nada en nuestra estructura económica que nos permita vislumbrar el futuro con garantía de mejora de las condiciones y, por consiguiente, ante una nueva crisis o recaída de la actual, los problemas seguirán siendo los mismos y los ajustes también.

Y seguiré siendo el economista perplejo.



@juanignaciodeju

viernes, 21 de diciembre de 2012

AL FINAL NO HUBO FIN DEL MUNDO

Si uno se encuentra leyendo este post es que, probablemente, el fin del mundo profetizado a partir de los calendarios mayas no haya ocurrido y todo siga igual, es decir, que Rajoy seguirá siendo presidente del gobierno, que Montoro seguirá siendo ministro de Hacienda (por lo menos a corto plazo), que Artur Mas será presidente de la Generalitat con ánimos secisionistas y que Merkel seguirá en el poder en Alemania con el ánimo de aplacar a los manirrotos vecinos del sur. Es decir, que lo mejor hubiera sido que los Mayas hubiesen tenido razón y dejásemos de sufrir.

Porque a partir del 21 de diciembre de 2012 seguirá habiendo desahucios en España que dejen a las familias con deudas astronómicas y sin bienes con las que satisfacerlas. Y, lo que es peor, condenados de por vida a la economía sumergida para no satisfacer unas deudas abusivas, basadas en tipos de interés confiscatorios y con una normativa no ya preconstitucional, sino anterior incluso a la II República y que ningún gobernante (es decir, ni Botin, ni Francisco González, ni Ángel Ron, ni nadie con poder efectivo en España) va a querer cambiar porque les beneficia extraordinariamente.

Y van a seguir las subidas de impuestos a la clase media de este país, ya que, ante una crisis de ingresos públicos, ocasionados por la terrible y espeluznante cifra de desempleo que tenemos, los que firman en el BOE no son capaces de hacer otra cosa que subir y establecer nuevos impuestos que afecta exclusivamente a las clases medias, que son las que con su actividad de consumo y ahorro deberían provocar la salida de la crisis.

En el horizonte un año 2013 especialmente aterrador que empezará con subidas en el precio de la electricidad fijados por una ley irracional que determina un sistema injusto de reparto de las cargas. Hoy se habrá celebrado la subasta eléctrica que implicará una subida del recibo. Y tendremos que satisfacer otra cantidad adicional (vía deuda pública) como consecuencia del déficit que se generará.

Después, un incremento de los precios de las gasolinas y gasóleos por la eliminación de una exención que existía sobre los biocombustibles.

Luego vendrán los copagos sanitarios. Nos van a cobrar por cualquier servicio que recibamos en materia sanitaria (medicinas, traslados, ortopedias, etc), como medio de producir ingresos para un sistema fiscal agonizante.

Aparecen también las tasas en la justicia, argumentando que eso disuadirá del uso del estado de derecho para frenar los abusos. Pero es meramente recaudatorio, no una medida de racionalización de la justicia.

Se plantean cobrar, incluso, por las inscripciones en el Registro Civil. Y aquí el argumento es más divertido: la gestión de los recursos de la propiedad (en manos de los registradores) generan beneficios, luego en vez de recuperar esos ingresos, establecemos un sistema parecido en el Registro Civil. Con lo cual, a partir de ahora, inscribir a un hijo, o un fallecimiento, o una boda, podría terminar teniendo un coste. El problema es que la ley nos obliga a hacerlo.

Y seguiremos discutiendo una reforma de la educación que se centra en aspectos colaterales del sistema (religión, leguas, etc) pero que no aborda los problemas de fondo del sistema en cualquiera de sus fases, con una desmotivación abusiva de los profesores (catalogados de vagos por dar “sólo” 20 horas de clase), una gestión caótica de los centros por cualquiera que tenga competencias, una mediocre masa estudiantil, con sus notables excepciones. En definitiva, un sistema basado en el equilibrio financiero más que en los resultados y donde, en aras del mantenimiento de ese equilibrio, se perpetúan situaciones que deberían cambiarse. Y, sobre todo, no se aborda el principal problema: la desconexión entre el sistema educativo y el sistema productivo, que debería realizarse mediante la adopción de un verdadero proyecto de formación profesional realmente cualificada y pegada a las necesidades del sistema productivo.

Además, seguiremos teniendo un sistema de pensiones que, dada la situación de desempleo que tenemos, mantendrá sus problemas de sostenibilidad a medio y largo plazo y que nos obligarán a reformar para buscar el equilibrio. Pero el equilibrio significa, para los que firma en el BOE, exclusivamente privatización indirecta vía obligarnos a la forma de un plan de pensiones privado.

En definitiva, que tendremos un sistema social con serios problemas de sostenibilidad por la incapacidad de los gobernantes (los reales y los elegidos). Los tres pilares del sistema de protección social (sanidad, educación y pensiones) camino de una especie de privatización encubierta que augura un futuro poco alentador.

Porque además se abandonan actividades de futuro por el hecho de que no hay dinero, como es el caso de la investigación, y se buscan esos ingresos en actividades prácticamente paralizadas, como es la construcción, sin abordar el problema de fondo que es el cambio en las actividades productivas de la economía. En vez de afrontar una reforma fiscal valiente, se procede a imponer el ajuste en los sectores más castigados, con lo que su capacidad de maniobra empieza a estar agotada y sus posibilidades son ya escasas.

Y se argumenta que es por la ‘herencia recibida’, incluso para aquellos gobernantes que llevan más de veinte años en el poder de la misma administración, lo cual implica que o son ineptos en la gestión, o no tienen argumentos sólidos. O ambas a dos, que no lo descarto.

Porque, ¿qué hay detrás de todas estas medidas que estamos sufriendo? El déficit público no justifica estas medidas, ya que se pueden plantear alternativas para la recaudación de esos importes (por ejemplo: tasa Tobin, tipos del Impuesto de Sociedades efectivo y real próximos, Impuesto del patrimonio, Impuesto sobre el juego on-line). Luego hay algo más: la ideología que impera en el mundo y, especialmente, en Europa, que lleva aparejado el objetivo de alcanzar el 50% del coste de los servicios públicos que se nos prestan sufragados por el usuario directamente. Es decir, abandonamos el concepto de solidaridad que ha imperado en el desarrollo del Estado del Bienestar en el Viejo Continente y lo transformamos por el de sufragar el coste para todo el mundo.

Esa idea, aceptable para aquellos que no creen en la solidaridad, no encaja en la realidad donde, además de los impuestos que nos cobran para sufragar el Estado de Bienestar, se cobra hasta el 50% del coste del servicio. Luego realmente existiría un re-pago de las cantidades, una por la cuota de solidaridad y otra por el copago.

Y serán los ciudadanos quienes, con su esfuerzo, terminen por intentar enjugar las deudas de las administraciones pero quedando sin margen para satisfacer las suyas propias, verdadero problema de la economía española que nadie se plantea abordar. Y, al final, ni podremos pagar la deuda pública (que crecerá hasta más allá del 100% del PIB en el año 2014) ni podremos pagar la deuda que tenemos los agentes individuales, ni podrán pagar las empresas. Pero si podrán pagar los bancos, ya que habremos expropiado la deuda manteniéndoles los beneficios. Pura ideología.

Y no tendremos servicios públicos al 100%, sino que pagaremos por ellos hasta un 50% más y perdiendo la gestión pública de los mismos. Y todo ello con un sistema fiscal obsoleto, con figuras de mediados del siglo XX, abocado al fracaso y sin tener un efecto redistributivo razonable.

En definitiva, que mejor hubiesen tenido razón los Mayas y ahora no tendríamos estas preocupaciones. Ni que leer a este Economista Perplejo.







@juanignaciodeju



miércoles, 7 de noviembre de 2012

UNA APORTACION AL DEBATE HIPOTECARIO

Se ha abierto el debate en torno a las hipotecas en España. La situación del mercado hipotecario es tan dramática como el desempleo, al cual se encuentra irremediablemente unido y, en consecuencia, cualquier solución del primero debe venir por aliviar el segundo. Y como no se espera que las cosas mejoren a corto y medio plazo en el mercado de trabajo, tenemos que hacer ‘algo’ que mitigue los efectos en el mercado hipotecario. Como además es un drama social que está encima de la mesa y provocando imágenes de televisión, es un buen lugar donde hacer un poco de política y ganar unos cuantos votos.

Lo primero que tenemos que hacer es analizar qué es eso del mercado hipotecario. Si lo consideramos como tal, es decir, como un mercado, desde un punto de vista meramente económico se podría analizar con su oferta y su demanda, como cualquier otro mercado. La gran diferencia con cualquier otro mercado donde hay activos es que en este caso el bien que está en juego es real, no financiero, y proporciona una utilidad ‘real’, entendida ésta desde el punto de vista económico.

El concepto clave para analizar un bien es el de ‘utilidad marginal’, definida como el incremento de la utilidad proporcionada por el consumo de un bien cuando se incrementa éste unitariamente. Y ésta es decreciente: a medida que incrementamos el consumo de un bien, las unidades adicionales nos proporcionan menor utilidad. El ejemplo que se suele poner es el del alcohol: las primeras copas son placenteras, pero llega un momento en que su consumo disminuye nuestra capacidad de disfrutar y termina por emborracharnos tanto que imposibilita el fin por el que empezamos a beber. En el caso inmobiliario, la utilidad marginal del bien en cuestión, es decir, de las casas, en la época de la burbuja, no era decreciente: cualquier incremento unitario de las unidades del bien proporcionarían mayor utilidad que la anterior, por lo que la demanda se incrementaba de forma constante. Eso es lo que aumentó la burbuja alimentada con el combustible de la imposibilidad de perder dinero con las inversiones inmobiliarias. ¿Qué haríamos si nos afirman que, por ejemplo, las acciones de una compañía X van a crecer ininterrumpidamente de precio tanto a corto como a medio y largo plazo? Pues comprar y mantener, dado que siempre ganaremos dinero. Y si necesito ese dinero, endeudarme con la garantía de ese activo. Un comportamiento racional lo miremos por donde lo miremos.

En un mercado, desde un punto de vista estrictamente económico, la variable fundamental a analizar es el precio. Es quien equilibra el mercado, quien coordina oferta y demanda y, por lo tanto, la variable a estudiar. Y el precio, desde un punto de vista de la demanda, se determina por lo que conocemos como ‘disposición a pagar’. Y, por lo tanto, depende estrechamente de la utilidad marginal. Cuanta mayor sea la utilidad marginal del bien en cuestión, mayor será nuestra disposición a pagar y, en consecuencia, el precio del mismo. Si además ésta es creciente, el precio del bien será constantemente creciente y los consumidores actuarán según las leyes de la economía adquiriendo unidades a precios cada vez mayores. Esto es lo que pasó con la burbuja inmobiliaria y el comportamiento de la demanda del bien. Como la utilidad marginal era creciente, los precios crecían y la demanda admitía esos precios sin disminuir.

Y, por el lado de los financiadores de ésta situación, es decir, las entidades financieras, lejos de aplacar la burbuja con préstamos más estrictos, la alimentaron conscientes de que el precio subiría por las condiciones del mercado. Es por lo que me quejo amargamente: algo habremos hecho mal los profesores de economía que no hemos transmitido que el mercado inmobiliario en España estaba en un proceso antinatural y que la utilidad marginal caería en algún momento. O no lo hemos contado, lo cual me resulta imposible, o no hemos sido capaces de hacérselo entender a los alumnos.

Sirva esta introducción para sentar las bases de la situación. Nos encontramos con un mercado distorsionado (el de la vivienda), con precios eternamente crecientes, rentabilidades positivas y, en consecuencia, activos con alta rentabilidad y fuerte demanda. La oferta debía crecer para poder satisfacer la demanda e intentar cerrar el exceso. Y eso es lo que ocurrió: la oferta de vivienda creció indefinidamente en un intento de obtener los máximos beneficios posibles en el menor tiempo. Estos incrementos de la oferta no sofocaron los precios que continuaron con la anomalía de la utilidad marginal creciente, y en consecuencia los incrementos de oferta se traducían en incrementos de precios y, por lo tanto, de beneficios explosivos. Y en la participación de ese movimiento, la demanda creciente de trabajadores con el reclamo de salarios cada vez mayores.

Hasta aquí la historia. Cuando pincha la burbuja, por la subida de los tipos de interés, nos encontramos con que la economía se ha envuelto en dos espirales complejas: una espiral precios-salarios (la subida de los precios de la economía provoca incrementos de los salarios) y otra salarios-salarios (los incrementos de salarios en un sector inducen incrementos en otros sectores, aunque la productividad sea diferente). En consecuencia, la pérdida de competitividad de las economías que han vivido de la burbuja. La situación final de todo ello es que se tiene que reestablecer el equilibrio de la única manera posible: despidiendo masivamente al personal contratado con salarios altos, cerrando empresas que surgieron como consecuencia de la situación y manteniendo el Estado el status mínimo de las personas que han perdido su trabajo. Y esto es así porque los salarios monetarios, como advirtió Keynes, son inflexibles a la baja, que sería la otra forma de reequilibrar el mercado.

Después de cuatro años de ajuste en la economía española nos encontramos con un nivel de paro insoportable para una economía (25%), con un gran número de personas que no tienen ningún ingreso en su hogar (más de 1,5 millones), con un desempleo de larga duración en límites extraordinarios y con deudas contraídas muy superiores a la capacidad de pago posible para la mayoría de los hogares. Y esto es lo que provoca los desahucios actuales y los que tendrán que venir en el futuro.

Los ajustes han provocado la aparición de nuevos pobres, gente que podría sobrevivir en un entorno recesivo sin excesivos problemas pero a los que la política emprendida les coloca en situación de exclusión aun cuando tienen un trabajo estable, lo que antes era la garantía de un futuro más o menos garantizado, pero que en las actuales circunstancias provoca que no sea así. Y esa nueva categoría es la que más debe preocupar a los legisladores, dado que la aparición de ese grupo implica un cambio en la estructura de pensamiento de la población y, en consecuencia, un cambio en sus actitudes ante el consumo y el ahorro: no tengo renta suficiente, no puedo consumir y necesito ahorrar, no hago ni una cosa ni otra y paralizo la actividad. Y no hago ni una cosa ni la otra porque las nuevas imposiciones por parte del gobierno me imposibilitan consumir (disminuye la renta disponible) pero también ahorrar (tengo que desahorrar para poder mantenerme). Es decir, estamos ante una situación que requiere tomar decisiones audaces para evitar que todo el sistema colapse y, por lo tanto, que lo haga el país. Muchos de los debates identitarios actuales tendrían un enfoque diferente si los encargados de hacer leyes y cumplirlas hubieran advertido el cambio de la sociedad antes de que se materializara tan bruscamente. Y la solidaridad se habría afianzado.

Por lo tanto, tenemos un problema complejo que requiere soluciones nuevas que respondan al doble reto de: reequilibrar el sistema económico y rescatar a las personas que empiezan a situarse en una posición de exclusión antes de que caigan en ella. Y el problema es que empezamos a no tener tiempo para aplicar ninguna medida que no proporcione efectos inmediatos. Además, debemos cambiar nuestra forma de pensar abandonando dogmatismos que no permiten solucionar el problema. Tiene que cambiar la sociedad, si, pero también tiene que cambiar el pensamiento para lograr soluciones útiles para todos.

Pero ¿qué soluciones? En primer lugar, hablemos de leyes. No soy experto, pero hay algo que no puedo entender, y que los datos no hacen más que revelarlo: no es posible que gente desahuciada, y sin trabajo, mantenga deudas millonarias con los bancos una vez perdidos todos sus activos. La solución no puede ser otra: pasarse a la economía sumergida, con los problemas que eso causa a toda la sociedad, al estado en su conjunto y a la economía. Los datos son tozudos: mientras las afiliaciones a la seguridad social de los autónomos están cayendo, los trabajadores por cuenta propia en la EPA crecen. La conclusión es evidente: como debo ingentes cantidades al banco, sumerjo mi actividad y dejo de pagar impuestos (y al banco, lógicamente). Por lo tanto, lo primero que habría que hacer es solucionar esa anomalía funcional del sistema. Y debería establecerse, incluso con efectos retroactivos, la dación en pago. Se afirma que eso hundiría el sistema financiero (¿más todavía?) y que incrementaría los precios de las hipotecas (me parece hasta razonable). Pero no se mira al otro lado: gente obligada a sumergir su actividad de forma indefinida no es un buen negocio para nadie (ni incluso para el que trabaja sin las garantías legales).

Con las familias ya ejecutadas y con deudas multimillonarias pendientes, deberían entrar por decreto en un proceso concursal que solucionase su situación, permitiéndoles la regularización fiscal a coste cero. Es decir, una amnistía fiscal, pero para aquellos que realmente la necesitan.

Pero lo más importante es que la situación seguirá empeorando. Como he dicho al principio, los problemas hipotecarios de los ciudadanos están ligados a los problemas de desempleo, y no solucionaremos los primeros sin solucionar el grave problema de nuestro mercado laboral. Se han hecho cosas que afectan al mercado de trabajo que van en la buena dirección, pero no se creará trabajo mientras no se incremente la demanda de la economía, lo cual no está previsto en los próximos años con la política actual. Es decir, debemos cambiar de política, pero de forma imaginativa, no con las viejas fórmulas económicas de keynesianismo, monetarismo o clasicismo que todos estamos pensando. Se ha demostrado que los dogmatismos han dejado de funcionar en las circunstancias actuales. Las políticas keynesianas no nos han sacado de la crisis, pero la ortodoxia monetaria tampoco lo está consiguiendo.

Y debemos conjugar esa necesidad imperiosa de crecer económicamente con el desapalancamiento de la sociedad en su conjunto. Lo más curioso es que ambas condiciones van unidas: si crecemos, podremos proceder a devolver nuestras deudas sin realizar un esfuerzo extraordinario. Sin crecimiento, el proceso de desapalancamiento generará más dificultades. Y los gobernantes, aparentemente, mantienen la misma postura, pero aplican políticas contrarias, centrando las necesidades de crecimiento en el medio y largo plazo, olvidando que el problema es ya acuciante. Por lo tanto, urge crecer pero no hay dinero para ayudar a esa tarea.

Por otro lado, las familias están sin consumir por el grave problema de deuda que tienen y que les imposibilita el consumo y el ahorro. Si esta fuera la situación de un país, de una empresa o de un banco, la solución ya se habría aplicado: una quita de la deuda relajaría las condiciones de funcionamiento y, en consecuencia, su disponibilidad. Pero en el caso de los agentes económicos no se aplica, es más, nos dicen que ‘las deudas hay que pagarlas’ como si eso fuera así con todo el mundo. Por lo tanto, lo razonable es aplicar una quita de las deudas de los ciudadanos de forma que se posibilite su acción económica. Pero sin dañar adicionalmente los balances de los bancos, que ya están muy alterados en su estructura. La solución ideal es una moratoria en el pago de las hipotecas para aliviar la situación, cosa que he propuesto en varias ocasiones.

Y finalmente algo de lo que nadie está hablando, pero que proporcionaría soluciones indirectas: generar inflación, que es la mejor manera de rebajar las deudas. Si hay inflación, las deudas pierden valor y resulta más fácil pagarlas, pero con una política deflacionaria como la que estamos haciendo no sólo no mejoramos la situación, sino que esta tiende a empeorar de forma constante y, lógicamente, retroalimenta la espiral deflación-decrecimiento en la que nos estamos metiendo peligrosamente.

En consecuencia, hay que solucionar los problemas de las personas que ya están en situación crítica (los desahuciados actuales) e impedir que los ‘nuevos pobres’ caigan en esa situación, con lo que podríamos conseguir que la situación, por lo menos, no empeorase en los próximos años.

Ya que se han puesto a analizar el problema, espero que encuentren las soluciones oportunas. Solo he intentado aportar algo al debate.





@juanignaciodeju



jueves, 25 de octubre de 2012

UN POCO DE POLITICA MONETARIA

Voy a hacer un poco de pedagogía bancaria. Espero que alguien me lo reconozca económicamente.

Últimamente la gente se pregunta ¿por qué no podemos dejar caer los bancos’. Y lo hace con la lógica aplastante de la ciudadanía: si mi empresa puede quebrar y encontrarme en la calle sin más amparo que un seguro de desempleo menguante y un panorama desolador en el empleo, cualquier empresa (y los banco lo son) debería poder encontrarse en la misma situación y cerrar cuando fuera insolvente. De esa manera nos ahorraríamos todos una buena cantidad de dinero (el ministerio de Economía y Competitividad va a introducir una enmienda en los presupuestos para poder incrementar la deuda en 60.000 millones de euros para recapitalizar los bancos, tal y como advertí el mismo día del ‘préstamo en condiciones muy favorables’). Nos ahorraríamos también los sufrimientos que vamos a afrontar (y estamos afrontando) por los recortes que nos imponen desde fuera (o no) en estos años. Con lo cual, dejemos que quiebren y se acabó el problema.

Y gente con algunos conocimientos económicos (no muchos) también lo plantea como si eso fuera la panacea de los problemas. Y por dinero que les hemos prestado y avalado, las condiciones indicarían que es mejor deshacerse de la ‘grasa’ y quedarnos exclusivamente con lo bueno (si es que lo hay) del sistema financiero.

Y de tanto oírlo, parece ser una idea extendida por ahí. El problema es que no podemos dejar caer los bancos. Y esto es así por dos motivos básicamente: uno por pacto legal y otro por imperativo económico.

El pacto legal se remonta al año 2008, cuando los jefes de gobierno de la UE pactaron que no se iba a dejar caer ningún banco en Europa. Cuando cae Lehman Brothers en septiembre de 2008 se desatan todos los infiernos en el mundo financiero y es cuando se pacta que eso no va a ocurrir en Europa. Es la época de los rescates multimillonarios de las bancas inglesa, alemana, francesa, etc. Y de los avales de la banca española, cuya peculiaridad es que el problema importante no era privado, sino público y que comentaré más adelante.

El imperativo económico viene por el hecho de que los bancos son creadores de dinero, es decir, de cada euro que hay en circulación (lo que llamamos Base Monetaria) existen en la economía más euros vía los que los economistas denominamos ‘multiplicador del dinero’ y que es, simplificando, un cociente entre el coeficiente de efectivo y el coeficiente de reservas. En sus términos más simples, algo como lo siguiente:

                              (e + 1)/(e + r)

Que implica que dependiendo de los deseos de la gente de tener efectivo en su poder y de las reservas que tengan los bancos comerciales en el Banco Central, así será la cantidad de dinero que haya en el sistema. Como la mayoría de nosotros tenemos nuestro dinero en el banco y los bancos comerciales tienen poco dinero en reservas del Banco Central (legalmente es un 2%), el multiplicador es elevado. Por ejemplo, si e = 10% y r = 2% el multiplicador tendría un valor de 9,17, o lo que es lo mismo, por cada euro que existiese en circulación existirían 9,17 euros en el sistema financiero.

Por otro lado, los bancos comerciales actúan aceptando depósitos, que son sus pasivos, y prestando ese dinero a otras personas (que serían sus activos). Por lo tanto, su balance muy simplificado sería algo como lo siguiente:

               BANCO X

       ACTIVO      PASIVO

        Créditos       Depósitos

De forma que el Banco X será solvente cuando sus activos (es decir, sus créditos) sean iguales que sus pasivos (es decir, los depósitos). El problema es cuando los créditos (activos) son menores que los depósitos (pasivos) por la mala gestión de sus directivos, es decir, cuando lo que tengo que cobrar o puedo convertir en dinero no supera a lo que debo a los depositantes. Este es el caso de la banca española con problemas en la actualidad, y si dejáramos que cayera implicaría la desaparición de la práctica totalidad de los depósitos de ese banco. Y eso implicaría la desaparición de otros depósitos en otros bancos en razón de la relación del multiplicador monetario.

Esto significa que no podemos dejar caer un banco, especialmente si es un banco de grandes dimensiones. La desaparición de masa monetaria que eso implicaría nos llevaría a un desastre económico de tales proporciones que no nos lo podemos permitir. En todo caso, hay que proceder a la liquidación ordenada, salvaguardando los activos para poder hacer frente a los pasivos (depósitos).

¿Y por qué no se ha hecho antes? Otra pregunta retórica que parece que últimamente se ha extendido. Nos dicen que la recapitalización de los bancos tendría que haberse hecho en el año 2008 o 2009 cuando la hicieron en toda Europa. Pero obvian que la banca española con problemas eran las Cajas de Ahorro, que ya eran públicas (según la ley de cajas, responsabilidad de las Comunidades Autónomas). Luego habría sido algo así como darle dinero a las CC.AA.. Lo primero que hubo que hacer fue sacarlas del poder autonómico (primera reforma financiera) mediante fusiones entre ellas que las deslocalizaran. Una vez deslocalizadas, exigirlas un mínimo de capital y pasarlas a la dependencia del Banco de España (segunda reforma financiera) forzándolas a la búsqueda de socios que les permitieran subsistir (las salidas a bolsa de Bankia y Banca Cívica son el ejemplo) o a la nacionalización y posterior venta a otro banco que tuviera capacidad de asumirla (como es el caso de UNIM). Pero eso no se pudo hacer en el año 2008. Los tiempos son los que son.

Y para terminar, ¿qué es lo que está pasando en el sistema financiero que está paralizado en la concesión de créditos? La respuesta está en la fórmula del multiplicador monetario expuesta antes. Si la gente aumenta su deseo de tener dinero en efectivo (o salen capitales de España) o si los bancos comerciales depositan más dinero del necesario en el Banco Central (del billón de euros que prestó a 3 años el BCE, en abril había en reservas 870.000 millones), la oferta monetaria (la cantidad total de dinero en circulación) disminuye y, por consiguiente, todos los tipos de interés se incrementan (incluida la prima de riesgo). Y esto se ve alimentado, además, por la parálisis de la economía real (la no financiera) que hace que el canal de distribución que deberían ser los bancos (‘canal de transmisión de la política monetaria’ lo llamamos los economistas) no esté funcionando y la economía se encuentre en una situación de práctica paralización, disminuyendo la renta y, por consiguiente, bajando la recaudación impositiva e incrementándose los gastos y el déficit público. Es por ello que soy tan pesado con eso de fomentar el crecimiento, ya que si eso no ocurre, el canal de transmisión seguirá cerrado y la política monetaria seguirá sin funcionar.

¿Cuándo terminará todo esto? La respuesta la he dicho en varias ocasiones: para el año 2015 podremos ver un poco de luz al final de túnel dependiendo de la evolución que tengan los bancos comerciales. Hasta entonces toca seguir sufriendo por los recortes y la política económica que se está haciendo.

En definitiva, que no podemos dejar caer los bancos, que nos van a costar un ojo de la cara (algo así como 300.000 millones en total), que a pesar de ello la economía seguirá en recesión y que todo puede mejorar, ligeramente, para el año 2015. Espero confundirme. O no, que me estoy volviendo como Rajoy.







@juanignaciodeju





martes, 2 de octubre de 2012

EL RESCATE SERIA POSITIVO SI ...

… Cambiase la actual estructura de fijación de precios en el sistema eléctrico español, donde la electricidad tiene unos costes desorbitados y genera un déficit impagable aun con tasas e impuestos ad-hoc porque las empresas son quienes controlan el mercado, tanto por el lado de la demanda como por el de la oferta, generando distorsiones en los precios, en los costes y en la asignación de recursos.

… Deshiciera los oligopolios en los mercados de distribución de gasolinas y gasóleos, permitiendo una verdadera competencia mediante, por ejemplo, la compra directa del producto por empresas independientes que lo distribuyeran entre los surtidores, generando una homogeneidad del producto que ahora, aparentemente, no quieren que exista.

… Eliminase las trabas a los emprendedores con la creación de líneas blandas de crédito finalista para que puedan montar una empresa en España. En las actuales circunstancias, con una tasa de paro creciente y un elevado número de personas en desempleo de larga duración, es imposible que ninguno de los sistemas inútiles puestos en marcha hasta el momento sirva para fomentar el autoempleo.

… Realizase una política activa de empleo para la inserción de los jóvenes en el mercado laboral fijando como objetivo reducir a sólo un 15% la tasa de paro juvenil hasta el final de la legislatura. Una buena formación para el empleo, gestionada por el servicio estatal y orientada al mercado laboral incidiendo en aquello que es demandado por el mercado, podría aliviar la situación de los jóvenes, principal motor inversor y consumista de la sociedad.

… Generase un autentico mercado competitivo en el sector de la distribución comercial, eliminando ineficiencias administrativas en la asignación de los recursos que lo único que generan son incentivos negativos en los productores.

… Eliminase las duplicidades administrativas de los distintos niveles españoles, generando un autentico sistema de financiación corresponsable, donde la administración central recaude el 100% de los impuestos y financie suficientemente los servicios sociales básicos, corriendo por cuenta de otras administraciones la gestión de los servicios complementarios, los incrementos de la cartera de servicios y la financiación de los mismos.

… Obligase a los bancos y las instituciones financieras a declarar de forma transparente la cartera inmobiliaria y su distribución entre promotores y particulares y a la venta inmediata, con el descuento que fuese necesario, de los pisos y locales comerciales que obran en su poder con el fin de eliminar las incertidumbres existentes en la actualidad, procediendo, si fuese el caso, a la nacionalización de las entidades que no actúen según este principio.

… Mejorase la eficiencia del impuesto sobre sociedades español, aproximando la cuota real con la efectiva y eliminando esa bolsa de fraude.

… Persiguiese de forma contundente el fraude fiscal en España, procurando alcanzar una cifra de economía sumergida por debajo del 10%, de forma que se recaudasen anualmente en España aproximadamente unos 45.000 millones de euros adicionales.

… Realizase una profunda reforma fiscal en España, abandonando figuras impositivas del siglo XX para hacer de la economía española un verdadero motor del crecimiento en el siglo XXI (Tasa Tobin incluida.

… Hiciese una auténtica devaluación fiscal de forma que nuestras empresas puedan exportar sus productos al resto de Europa generando mejoras en nuestras balanzas comerciales y eliminando las deudas que figuran en el sistema TARGET 2.

… Utilizase parte del dinero que nos van a prestar (300.000 – 500.000 millones) para incentivar la economía con políticas activas definidas con el objetivo de mejorar la productividad.

… Obligase al gobierno a mantener, incluso incrementar, el gasto en I+D+i de la economía, fomentando la investigación y la obtención de conocimiento que pueda ser usado en el futuro para un crecimiento económico sostenible.

… Fomentase la educación como principal instrumento de cambio de la sociedad, presentándola como lo que es, una inversión que siempre proporciona réditos a medio y largo plazo.

… En definitiva, se pensase en las personas y no en los mercados.

Pero como se va a limitar a garantizar la deuda de la economía española con los bancos alemanes, no servirá de nada y estaremos camino de convertirnos en una copia de Portugal o Grecia. Esperemos que todavía nuestro gobierno tenga un margen de maniobra para evitarlo.





@juanignaciodeju